Soy joven. Un ser salvaje, libre y joven. Puedo notar cómo voy entrando en la autonomía de la adultez, como mis metas son otras, al igual que mis preocupaciones. Me veo, día tras día, soñando con una vida diferente. Un país que me espera y el trabajo hecho pasión. Me veo adulta, esposa y madre. Logrando todas las cosas que una vez aborrecí. Porque si no creces con la vida, te queda demasiado grande y cuando despiertas tienes casi cuarenta años y sigues siendo un adolescente. A mi edad todos parecen seguir sumergidos en los diecisiete, como si quisieran ser niños para siempre, mientras que yo pienso en postgrados, graduaciones y apartamentos en la avenida central, con ladrillos café y una falda larga, ceñida, junto a mi carnet de psicóloga gubernamental. Me veo construyendo un escenario tan distinto a lo que tengo hoy. Puedo decir que soy mi futuro. No sé si sea la Scarlett que veo hoy, creo ser la Scarlett que tendrá ese apartamento y un gran trabajo.
¿Soy los libros que he leído?
¿Soy mis metas?
¿Soy el anillo de compromiso y la boda?
¿Soy la esposa y la madre?
¿Soy lo que he vivido y sufrido?
¿Soy mi pasado?
Somos lo que queremos ser. Nos atamos a lo que encontramos esencial. Bajamos nuestra ancla en la tierra que esperamos sea nuestro hogar y de igual manera la levantamos. Vi una película encantadora que me enseñó que no necesariamente donde naciste es tu hogar, sino a donde pertenezca tu corazón, esa será tu casa, tu amor y tu familia. No exactamente de quien te enamoraste por primera vez será tu verdadero amor, ni la ciudad donde pasaste tu infancia tu verdadero hogar, ni los amigos que te han visto crecer tus verdaderos amigos. Serás y eres de donde te sientas vivo, porque a veces necesitamos nacer muchas veces para encontrar nuestra tierra y no necesitarás de anclas para quedarte, pues sabrás que allí perteneces y no existirán vientos tan fuertes ni olas tan grandes para alejarte de ese mar.
Somos, simplemente, somos.
Con amor, Scarlett.
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