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Véndame un libro.

Una mañana, un joven de veinte años visitó la biblioteca de su pueblo como de costumbre. No recuerdo qué vestía, ni cómo era su aspecto físico, quizás porque fue lo menos importante para percibir de él. Caminó hacia al bibliotecario y pronunció una oración que siempre quise decir en una biblioteca: Señor, ¿puede venderme un libro?
El bibliotecario expresaba una mueca entre sorpresa y desagrado, por aquella pregunta jamás recibida durante los diez años de su trabajo; la sala hizo más silencio que de costumbre, y eso que es difícil callar el silencio. El señor, limpió su rostro como quien acaba de estudiar todo lo referido a Inteligencia Emocional y respondió: Disculpe, esta biblioteca es pública y según sus políticas es imposible comprar un libro, si desea hacerlo, acuda a una librería, gracias. Devolviendo su mirada al periódico del día. El joven gritó: ¡¿POR QUÉ?!... mientras su rostro se inundaba con un gesto de profunda tristeza, sus ojos se llenaron de agua y sus manos llevadas a ellos los cubrían. El señor levantó la vista y pudo notarse como su rol de bibliotecario se hacía a un lado y respondió:
-¿Por qué desea comprar un libro aquí?
El joven limpió sus lágrimas, suspiró y dijo:
-¡Estoy cansado!, comienzo a pensar que quienes escriben hoy en día sólo buscan cumplir al verbo de publicación, más no de transmitir un mensaje. Cada vez los libros son más delgados, es como si sus hojas se redujeran mientras evolucionan las generaciones, e incluso me atrevo a decir que esto sucede por el público. He visto jóvenes como yo abstenerse de leer un libro por su apariencia y volumen: “Ese no, ¡tiene quinientas páginas!”  O sólo acuden a ellos porque es de algún artista reconocido. Y sé que estamos en libertad de leer lo que nos venga en gana, por ello leo aquí, donde me rodea la literatura que quiero, pero me pregunto ¿qué sucede cuándo quiero conservar ese libro? Ya no venden los libros que encuentro en la biblioteca, aquí estoy en un ambiente  literario donde mayormente es de autores muertos, no sólo en vida, sino en cuestiones de educación. Ya nadie se detiene a leer a Kant o a Kohlberg, por nombrar sólo algunos, ¿quizás por esa razón somos una sociedad en decadencia?, somos juzgados por nuestras apariencias: la vestimenta al parecer hace al hombre y la contextura de su cuerpo también, entonces me pregunto: ¿por qué también no somos juzgados por lo que leemos?
El bibliotecólogo interrumpe:
-¡Sí que lo somos! Las personas quieren decirte qué leer, así como también buscan decirte cómo ser. Juzgamos a quienes no leen lo que nosotros, además, no entiendo por qué ha de molestarte, en las librerías hay libros más actuales, muchos son “Best Seller”, así es cómo se conoce si un libro es bueno allá afuera, ¿no? Y cuando aparece uno que otro de los autores muertos, vienen con mejor aspecto: hojas muy blancas, mejores presentaciones e incluso muchos de ellos más económicos que los actuales. Sólo busca mejores librerías.
El joven respondió:
-¿Busca mejores librerías? Son muy pocas las que tienen libros como los que se encuentran aquí y créame, lo que menos me interesa al leer un libro es cómo luce, sino cómo es por dentro: sus letras me dirán lo que vale, no su portada y muchas veces ni su autor. No creo que existan libros malos o buenos, sólo una comprensión de mensaje por parte de quien lo lee. He visto como muchos leen a Nietzsche y creen saber quién fue o qué dicen sus libros, pero el problema no es la literatura, sino quien la está interpretando.
Si quiero un mejor licor, voy a una licorería más moderna, si me quiero conformar con licor común puedo acudir tanto como a una licorería de alta alcurnia como a una humilde. Pero si busco libros antiguos, más bien son las librerías clandestinas las que me brindan ese placer, pues las más costosas o conocidas parece que sólo buscan vender lo que se compra. Por ello quiero comprarle un libro, porque allá afuera no lo consigo.
-¿Cuál libro quiere comprar? Preguntó el bibliotecólogo.
A lo que el joven respondió: El que me enseña.

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