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La vida es: un globo libre y el niño que llora por dejarlo ir.

He visto cómo las flores conquistan mi atención, como si llevaran con ellas un alma que anhelo ser. Hay arbustos que presumen ser dueños de algunas, pero ni ellos son dueños de su belleza; cuando las flores caen del arbusto, todo aquello que admirabas de él, deja de ser hermoso. Hay quienes se creen dictadores y arrancan sus tallos de aquellas ramas, pero luego las desechan al darse cuenta que su belleza era marchitable. Quieren tener esa esencia pero olvidan que cuando separas a la flor de su natura todo lo que admirabas de ella se seca.

Los hombres aman los pájaros, los enloquece su canto; la fuerza que puede exclamar un pico tan adorable, de aquellos pajaritos pequeños, la desean. Las plumas morenas bajo sus alas con tonos degradé que sólo pueden observarse al volar, son las mismas que buscan cortar para tenerlos presos a ellos. Compran grandes jaulas para mantenerlas a salvo del escape, las alimentan con la mejor fruta garantizando su felicidad, pero terminan por dejarlas abandonadas porque al verlas dentro de tanta soledad ya no lucen tan atractivas, y su canto se hace débil.

Hay niños que aman la felicidad, desean las sonrisas como caramelos gratis, anhelan la paz y la libertad; niños con alma de hombres pequeños pretendiendo ocultar lo que realmente viven bajo ese rostro de amabilidad y espíritu engañosamente alegre. No aman la naturaleza hecha civilización pero acuden para comprar globos: el símbolo que completa su máscara. Todos se acercan a disfrutar cómo convence al anciano sabio -un señor que jamás han visto morir y lo identifican con la vida- que le otorgue alguno, no le es fácil tenerlo, debe luchar por él; cuando gana la cuerda de aquel globo es amarrada a su mano, se da cuenta que si utiliza su rostro de niño nadie podrá negarle tenerlo. Pero cuando observa con sus ojos pequeños la inmensidad del globo su roja piel lo deja ciego, le resulta pesado, entiende que no puede moverse como suele hacerlo mientras lo tenga atado a su mano. El globo no cree en la gravedad y siempre está como mirando el cielo, reconociendo que su libertad no puede tenerla si está en las manos de alguien. Intenta soltarse, pero el nene de sólo imaginarse sin él, llora, aprieta su cuerda y continúa.

Pero el globo no puede tener una sonrisa, esa que tanto anhela su dueño que le propicie: estar en las manos de un niño implica ser golpeado con todo. Comienza a perder oxígeno y su fuerza disminuye, ya no representa la felicidad por la que fue adquirido, y a nadie le atraen los malos aires. El niño suelta la cuerda creyendo que éste quedará en el suelo pues desconoce que los globos tienen almas libres que no conocen de la gravedad. Y justo cuando menos lo pensaba, lo vemos ascendiendo a las a las nubes, con la cuerda suelta. 
El niño tiene más juguetes, por un rato no reconocerá su falta. Sólo cuando regrese a visitar el mismo espacio de la vida lo recordará y llorará frente al anciano una vez más.

A veces somos flores que buscamos ser arrancadas, pájaros puestos en grandes jaulas o globos en manos de personas que deseamos que nos amen, pero cuando entendemos que aquello no es nuestra naturaleza, comenzamos a desear la libertad. Somos pocos los que nacemos salvajes y no podemos ser domesticados, ni querer domesticarnos con otros. Nacimos para ser libres y si no aprendemos a permitir que nos amen desde el arbusto, los cielos o en los vuelos hacia las nubes, nos abandonarán al vernos desgastados.

He sentido dolor porque han soltado mi cuerda, hasta que entendí que era la flor más hermosa del arbusto, que mis espinas eran dolorosas y por ello habían evitado arrancarme; que mis alas lucen más hermosas con el viento y que soy un globo en libertad.

Con amor, Scarlett.

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