He llegado a la conclusión de que los esfuerzos, autosacrificios y demás costumbres llevadas a cabo en las relaciones sociales o sentimentales, no hacen más que cumplir su tan adorada cita: pensar en la felicidad del otro antes de pensar en la propia. Nos convertimos en esclavos capaces de satisfacer cualquier deseo del amado, incluso aquellos que no ha pedido, sólo por recibir un gesto de aprobación, como los perros entrenados esperando el "good boy" y la galletita al final de la maniobra.
Absurdamente nos privamos de cualquier deseo, olvidamos hacer cosas que individualmente queremos hacer para pasar a sólo hacer actividades que el otro desea. Comenzamos a descuidarnos y a perder la autovaloración, esa actitud a veces lleva a no parar de hablar de todas nuestras cualidades y de la perdida total que tendrá el otro al no tenernos. Porque necesitamos que hagan el trabajo que no hacemos por nosotros mismos, porque cuando no nos amamos puede que veamos las fortalezas que poseemos pero no les damos importancia a menos que otros se fijen en ellas.
Luego cuando queremos reclamar que en la relación no estamos siendo tomados en cuenta y que todo gira entorno a nuestra pareja, nos encontramos frente a la cláusula de que fuimos los que solicitamos que nos asesinaran y al mismo tiempo los que se colocaron la bala en el pecho: ha sido nuestra culpa. De otro ángulo: somos víctimas que no conocen otro modo de vivir que bajo el martirio y no queremos ser enseñados, ni que nos amen, ni ser los amos que ahora presumirán de su esclavo, sino que necesitamos quedarnos en esa pensamiento para poder ser felices o lo que creemos que es ser felices.
Puedes realmente admirarte por privarte de tus deseos para dar paso a los de tu pareja, pero realmente no estás en una buena posición individual, y allí mi punto, que al parecer no existen seres individuales en una relación, sino que en el momento justo en que ambos acuerdan la etiqueta social, parecen renunciar por completo a los espacios personales, a las opiniones, metas e intereses. Nos preocupamos y desconfiamos si la pareja desea almorzar sola o si desea salir solamente con sus amigos. Si quiere pasar horas sin saber de nosotros o si no va por el mundo haciendo evidente que están en una relación. Y aquí comienza el sacrificio, el autocastigo y la privación de la felicidad.
Estar en una relación se ha convertido en una competencia de quien ama más, y el premio parece llevárselo el que se suprime por completo. Todo parte de muchos factores pero el más general es, sin duda, el querer hacernos dueños del otro, de creer que el hecho de que somos la pareja implica que se nos deben rendir cuentas de todo. Los celos nacen de allí y las inseguridades nacen de allí, tanto las personales como las de la situación sentimental.
Cuando comencemos a entender que una relación se trata de compartir y no de exigencias u obligaciones establecidas comenzaremos a vincularnos de forma sana y dejaremos los actos tóxicos. Una relación obsesiva donde uno de los involucrados vive para servir al otro y que no es capaz de tolerar la libertad e individualidad de la pareja sólo creará vínculos afectivos negativos.
Con amor, Scarlett.
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